He descubierto, en realidad nunca lo he olvidado, que de nuevo estas ahí. Me debato en el querer y el no querer. El miedo me pesa. Los recuerdos me mantinen en pie. Varadero, la noche que fui con toda intención al cine La Rampa, porque sabía que estarías ahi viendo esa película que tanto te gusta. Recuerdo, nunca te lo dije, que te ví cuando te levantaste y trate de que nos encontraramos por casualidad, pero todo fue premeditado y pensado, calcule el tiempo que tardarías en llegar a mi fila y en ese momento saldría yo y nos encontrabamos como si nada, como si la casualidad fuera la culpable, pero es una de las mentiras más infames que me he fabricado, todo fue bien calculado, necesitaba verte y decirte que me dolía el abandono. Te invite a un café en un bar (que ya no recuerdo el nombre, solo sé que estaba en el Focsa), y ahí, como pasaba en los últimos tiempos te volví a decir que me moría por ti. Tu inmutable (en aquella ocasión tenías todas las fuerzas del mundo para hacerlo), me dijiste que no era una buena opción lo de continuar. Querías irte del país y eso era más importante. Yo lo entendí, lo asimile, pero no era suficiente, necesitaba más explicaciones, más convincentes, aunque en el estado en el que estaba ninguna razón sería suficiente, la única ,y esa era precisamente la que quería oir era que me querias, que te morias por mi. Ilusión de enamorado. Eras una piedra. De nuevo la despedida, y de nuevo yo perdía las esperanzas.
Luego la guagua nos unió, te ví y el mundo se me vino encima. Conversamos como si fueramos amigo de toda la vida. Nos fuimos cada uno para nuestras casas, que para colmo de males estaban cercas, y para más tentaciones ambos teníamos teléfonos. Por supuesto, yo como siempre un incontenido sentimental, te llamé y te dije que quería verte, que necesitaba besarte, olerte, tocarte. Tú fuerte, sin que te temblara la voz, dijiste no, yo suplique (dice Buena Fé, que quien ama siempre aprende a suplicar), ese día aprendí yo. Otra derrota, otro intento en vano, de nuevo las ilusiones perdidas.
La Habana que es una ciudad para enamorados, nos volvío a juntar- siempre fue ella la culpable- una noche en la que me iba a mi casa, la del Mariel. Justo en la parada de la guagua desistí de ir, estaban malas, imposibles de coger y no llegaría a tiempo para coger la última que salía para el Mariel. Regresé. A buena hora¡¡¡. Te encontré. Estabas menos fuerte, no sé que sentías, pero me invitaste a tu casa, y por supuesto que acepte sin el menor de los reparos, me daba igual, estaba esperando ese momento hacía meses. Llegamos, todo fue raro, a mi por lo menos me recordó, las veces que nos amamos en silencio (nuestros compañeros de piso no podía escuchar) la cama que era un asco, las ventanas que no cerraban, la ropa tendida como si fuera un tenderete chino, pero que recuerdos tan buenos me llegaban a la mente pensando en esas cosas. Era feliz. Se desató todo. Desnudos hicimos lo que tocaba, pero ni una palabra de más, al menos de tu boca. Amaneció y yo recuerdo que te pedí quedarme el fin de semana contigo, tú, valiente, sin reparos una vez más me dijiste que no. De nuevo la despedida, de nuevo la misma sensación horrorosa de abandono.
Un día, bien temprano suena el teléfono de mi oficina. Oigo?, eras tú. Nerviosismo, abejas, elefantes, monos, la selva africana en el estomago. Aumento de la presión alterial, desespero, y finalmente digo si. Salí corriendo, dije una mentira en mi trabajo y me fui a tu casa. De nuevo lo mismo, pasión, y lo demás lo sabemos los dos. Despedida, Matanzas te esperaba. Tú dijiste te llamo, y jamás sonó el teléfono, nunca más.
Te fuiste, me fui y ahora, después de casi tres años queremos recomenzar?. Espero que me digas que si. Lo he deseado desde ese día, desde Nothing Hills, en silencio.